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Urriellu: "Sueños de Invierno" ( El cazador de sueños )

“La escalada artificial es demasiado lenta y laboriosa para ser popular, demasiado intima y personal para intentar explicarla, demasiado arriesgada para ser entendida y demasiado impresionante para ser ignorada”.

Aunque hace más de 28 años que los murcianos Miguel Angel Diaz Vives y Jose Luis García Gallego abrieron este rutón en la pared Oeste del Urriellu (Naranjo de Bulnes) y por aquel entonces ni Juan Ignacio Casillas (22 años), ni mi hermano Javier (21 años), ni yo mismo (27 años) habíamos nacido, el halo que se ha creado alrededor de esta vía mítica, histórica y referente del big wall español, nos ha asombrado desde que conocimos su existencia.

Los 69 días de estancia ininterrumpida en la pared durante su apertura, la gran logística de la empresa, el renombre de los aperturistas y la gran dificultad de su trazado, pesan mucho en los libros de historia de nuestro deporte, así como las ascensiones intentadas y las pocas conseguidas, y sobre todo, el entorno donde se desarrolla, la mesa de juego donde se teje la trama y el desenlace de la cumbre soñada del Urriellu como premio merecido. 

Es difícil valorar si cada miembro del equipo por separado podría haber escalado esta ruta, pero lo cierto es que juntos, con un gran trabajo en grupo, amistad, compañerismo, apoyo y ánimos mutuos, lo hemos conseguido. Ninguno tiene más mérito que otro, cada tarea es importante y eso es una visión que muchas veces no vemos y que ciertamente ha sido la clave de nuestra escalada.

Nuestra historia con la vía no llega a tal, soñamos con escalarla, la preparamos en cuestión de días, no entrenamos para ella, simplemente nos limitamos a fluir y a dejar hacer aquello que más nos gusta, el resto fue empeño y osadía.

Llegamos a Arenas de Cabrales el sábado 30 de Julio por la noche, dormimos y el domingo preparamos el material, para que Juan (arriero), Lola y Aznar (estos últimos, las mulas venditas que abastecen el refugio de la Vega del Urriellu) nos ayudasen a subirlo todo, evitándonos los fatigosos porteos. Esa misma tarde fijamos el L1.

Con calma, pues estas eran nuestras vacaciones y la vía nuestro regalo por el trabajo de todo el año, al día siguiente fijamos el L2, y con la misma calma el martes el L3 y subimos un petate y las hamacas hasta allí, ya estábamos en disposición de atacar la ruta.

Las previsiones meteorológicas querían jugar a aguarnos la fiesta, pero al mal tiempo buena escalada y aun así, tiramos para arriba el miércoles por la mañana, alcanzando la R4 donde montamos nuestro primer campamento.

Fue difícil cuadrar las dos hamacas y los dos petates en el reducido espacio de la reunión y al final, todo triangulado eso sí, nos vimos obligados a dormir Javi y yo de un clavo e Iñaki de un buril viejísimo, para que todo cuadrase.

El L5 nos costó todo el día siguiente, fue difícil encontrar el recorrido y nuestra reseña no ayudaba en ello, pues el croquis de Silvia Vidal marcaba un plomo por el que no discurría la vía y nos llevó a confusión sobre el trazado, dando como resultado un rodeo enorme a la derecha para volver a coger la ruta muchos metros más arriba y terminar la sección a últimas horas de la tarde.

El tiempo no acompañaba y la niebla, el frío y eso que llama ‘orbayu’ (mojabobos en mi tierra), nos hacía enfundarnos en los plumas y tiritar de frio.

A estas alturas habíamos perdido el sentido del tiempo y tan solo sabíamos que por muy duro que se pusiese la meteo, resistiríamos hasta la cima. Dormimos de nuevo en nuestra suite de la R4 y a la mañana siguiente asestamos, entre nubes, la estocada a los largos difíciles de la vía, llegando hasta la R7 y remontando el campo hasta allí, fue una verdadera emoción coger los buriles antiguos de esta reunión, pues suponía el verdadero escoyo psicológico, lo más difícil estaba hecho, la ruta estaba en el bolsillo. O eso creíamos.

Nuestro tercer vivac en pared fue agónico, el vendaval que arreció durante toda la noche, venía a anunciarnos que no bajásemos la guardia, que nosotros no somos los que mandamos, que subiremos al Urriellu si este quiere, que simplemente somos peregrinos de un camino invisible, almas mortales en un mundo inmortal y eso nos mantuvo toda la noche en vela.

Para colmo, el frío arreció esa mañana y los guantes, el gorro, la chaqueta de gore y el plumas, se antojaban insuficientes para combatirlo, pero estábamos decididos a seguir, en poco tiempo se resolvieron los largos siguiente, hasta Rocasolano, pero la estrategia elegida para los petates nos supuso un lastre enorme y subirlos hasta la plataforma fue más duro que escalar los tramos.

Una vez allí, decidimos dejarlos e intentar salir en el día, cosa que hubiésemos conseguido a altas horas de la noche (pues nos quedaba más de lo que pensábamos) si no llega a ser por la tormenta que nos sorprendió largo y medio más arriba y que nos obligo a replegar alas y volver a Rocasolano a enrocarnos hasta que amainase, por lo que nuestro cuarto vivac fue allí.

Madrugar nunca fue con nosotros, aun cuando el padre de Iñaki nos lo recomendaba todas las noches al darnos el parte de la meteo, pero que le vamos a hacer si nos pierde la cama, bueno en este caso la hamaca…

Así que más tarde que pronto, emprendimos nuestro quinto día de escalada, con la intención de sacar todo por la cima y bajarlo por la sur.

Remontamos los largos fijados el día anterior y nos afanamos en buscar el camino correcto a la cima, intentado desvelar el trazado original y lógico de la ruta de los murcianos. Con calma e intuición fuimos encontrando restos del paso a alguna cordada, allá por donde intuíamos que iría la vía, clavaderos, un par de clavos oxidados, un par de puentes de roca con cordino semi-podridos, en fin, indicios del paso de alguna cordada por allí y de pronto tras un par de largos que combinaban libre (6a) y artificial fácil (A2), la arista cimera estaba a tiro de piedra, y la cumbre dos palmos más arriba, a las 4 de la tarde estábamos en ella.

A decir verdad, mi cima había estado en la R7, verdadera emoción del trayecto, pero llegar al punto más alto, abrazar a mis compañeros, mis amigos, mis hermanos y contemplar los picos desde este punto privilegiado, me provocó un escalofrío, que bien podría achacar a mis músculos entumecidos del frío que pasamos esa mañana, pero que posiblemente tenga su origen en emociones más internas fruto del esfuerzo, la motivación y la complicidad que sentimos al alcanzar estos retos.

Se de buena tinta, que a nivel personal, esta actividad ha marcado un antes y un después en nosotros, que las experiencias vividas en el Picu, más allá de hacernos mejores escaladores, nos ha hecho aprender a valorar mejor los pequeños detalles de la vida, lo verdaderamente importante, esas cosas que allí faltan y aquí obviamos por cotidianas, hemos sufrido, luchado y conseguimos un resultado positivo.

Pues como he releído varias veces en el articulo de Silvia: “y es que el Picu, siempre será el Picu…”

Texto y Fotos: Juanjo Cano

Mundo Vertical